Todo lo sólido se desvanece en la realidad
No tenías un nombre detrás de los bucles ni de esos ojos carniceros que medían el pecho y las nalgas de tus futuras víctimas y ella, llena del más puro amor, te lo construyó letra por letra para que lo pasearas por Cartagena, Barcelona, Ciudad de México, Tres Esquinas, por Jamaica, Buenos Aires o por la Habana. Con verdadera pericia de artesano, colocó piedra a piedra, pulió tus hoscas intenciones y te dio presencia de amante, mientras la otra te repetía que no debías confiar en ella porque conocía cada uno de tus pasos turbios y te descubría una a una las futuras jugadas de mal ajedrecista, le bastaba una palabra, te advirtió, para predecir el rumbo de tus pasos y un sólo gesto para descifrar el futuro y el pasado. Tú no la conoces, repetía la otra, es una arpía que olfatea la estela que dibuja tu paso por cada uno de los lechos, pero no le hiciste caso, confiaste demasiado en tu experiencia y en tu olfato de fauno, pero se te fueron convirtiendo en barro las pisadas, “la aureola que cae en el fango del macadam” Tus huellas ensuciaron el pavimento salpicándolo todo a tu paso burdo de animal desbocado. Ahora cuando de ti, no queda más que el hálito espeso de tus actos en una cicatriz casi borrada, cuando ya nada duele ni hace daño, ella se pregunta; “en tu noche atiborrada de historietas, ¿con qué sueñas, solitario macho?”


